martes, 29 de marzo de 2011

EL BOSTEZO


¿Por qué bostezamos?


Respirar es uno de tantos procesos que nuestro cuerpo realiza por sí mismo, automática e inconscientemente. Aunque podemos controlar de manera voluntaria el ritmo o las pausas de la respiración, en condiciones normales no podemos permanecer pendientes de ello.
Cuando estamos durmiendo, por ejemplo, no tenemos consciencia real de lo que hacemos. Lo mismo ocurre con el bombeo de la sangre que realiza el corazón. 
Cuando nuestro cerebro necesita más oxígeno nos invade el irresistible deseo de bostezar, entonces abrimos la boca lo más posible y respiramos profundamente.
Quien bosteza en público es considerado generalmente una persona de pocos modales, por lo que intentamos desesperadamente reprimir el deseo de hacerlo. Los pueblos primitivos, sin embargo, no se someten a estas obligaciones. Para ellos, estas manifestaciones del cuerpo son algo natural y hay que dejar que se expresen libremente. Este último comportamiento parece mucho más lógico, sobre todo cuando, como en el caso de los bostezos, se manifiesta nuestro órgano más importante: el cerebro indica con los bostezos una necesidad urgente de recibir oxígeno.

El bostezo es una de estas advertencias, y por su importancia no se deja reprimir con facilidad. Si a pesar de todas esas señales de advertencia el cerebro no recibe una cantidad suficiente de oxígeno, conecta un mecanismo de emergencia. El consumo de oxígeno se reduce al mínimo y la persona afectada se duerme o se desvanece. 
¿Pero qué ocurre exactamente cuando bostezamos? 
El responsable es el bulbo raquídeo, una parte de nuestro encéfalo que controla entre otras funciones la respiración. Cuando el contenido de oxígeno en la sangre desciende por debajo de un umbral crítico, esta parte del encéfalo emite un reflejo que obliga a los músculos del diafragma a contraerse fuertemente.

La musculatura facial recibe a la vez la orden de abrir la boca todo lo posible para que se pueda inhalar el máximo volumen de aire. Esta respiración profunda disminuye a su vez la presión en la caja torácica, lo que provoca que el ventrículo derecho del corazón aspire más sangre de los vasos sanguíneos y la bombee, una vez enriquecida con oxígeno, preferentemente hacia el cerebro. 
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